Publicaciones de Diego Lasso en Cartagena de Indias y Ciudad de Panamá

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miércoles, mayo 23, 2007

Gabo entre los lectores...

Un lector de Gabo.
Diego Lasso
Librero

El ahogado más hermoso del mundo.

Cuando tenía 6 años y los libros aún no eran el destino de mis juegos de infancia, mi mamá nos leía por la noche a mi hermano y a mí: Relatos de un Naufrago. Duró leyéndolo dos meses en la orilla de la cama, aunque el protagonista del cuento duró 10 días a la deriva del océano. Fue la primera impresión que me hice del mar, en mi párvula imaginación ,de su voracidad, de su ilimitada extensión, de su soledad, al escuchar noche a noche la voz tierna de mi madre hilvanando esta oceánica historia, página a página y sintiendo en el corazón infantil, el primer miedo literario cuando en las narraciones sentía las amenazas de ese monstruo marino que se llamaba tiburón, que le disputaba la gaviota a Velasco y que según mis comparaciones de niño tenia el mismo puesto que el león en la selva.

Unos años después con las primeras lluvias de la adolescencia me pidieron analizar en el colegio La siesta del martes, con la desventaja que mi padre se ofreció a colaborarme en su análisis y con la más triste realidad para un lector, estar obligado a leer para aprobar un examen en la materia de español. No perdí el examen, pero sufrí de un insomnio todo el miércoles esperando que el profesor me diera la calificación sobre la Siesta del martes. En fin, toda una broma pesada del insomnio de la educación a la siesta de la litetarura y yo como bufón.

Volví a Gabo enamorado de mi primera novia y con la inquietud de leer Amor en los tiempos del cólera como bitácora de mis nuevos sentimientos que me despertaban con sueños húmedos, me trasnochaban de pasiones delirantes, de fiestas interminables con amigos reales e imaginarios y me estremecían con sentencias radicales “sin ella me muero”. Sin empezar a leer la novela ya parecía un Florentino Ariza que deseaba a Fermina Daza rodeada con un abrazo eterno. Páginas mas adelante, con el libro bajo el brazo todo el día y mi primer amor a cuestas, llore y reí sin tregua como un tripulante más en los barcos a vapor que remontaban el río magdalena, en ese viaje en globo que me recordó el vallenato de escalona ,La casa en el aire y bajo los aleros y almendros soportando medio siglo de esperas, paciencia y atardeceres que desnudan y dejan a la intemperie las viscicitudes de esta novela.

No cabe duda que este libro de dimensiones epistolares propias de amores delirantes y gran uso del telégrafo, me remitió a Cartagena, para sentir las fragancias y ausencias de Fermina Daza, en el portal de los dulces, en las plazas, bajo la sombra de los balcones, por el paseo de los escribanos, entre las cartas que pasaron por las ventanas, en las calles que desembocan a toda esa salmuera y olas del caribe y en los alrededores del parque Fernández Madrid, donde termine de leer y vivir esta novela, vencido por el cólera de tanta nostalgia, como un enamorado más, que mece su corazón en la hamaca de las pasiones caribeñas.

Cuando leí, el General en su laberinto ya no tenia novia, había perdido el año en el colegio y tenia una orgía de ideas anarquistas en la cabeza con acne y pelo largo. No parecía un libertador como el General, sino un desastre humano a la deriva de unas páginas aun más trágicas que mi realidad. Leer este libro despertó tantas dudas e inquietudes en mi entorno social, que cuando volví a terminar mi bachillerato me pareció toda una traición a Simón Bolívar.

Ese personaje que lucho armado del Emilio de Rousseau, una espada, varios caballos, un cargamento de utopías que se fueron cayendo por los caminos de la gran Colombia y unos sueños americanos que terminaron aplastados por la insomne multitud, la oportunista institucionalidad hambrienta de fronteras y claro las leyes en vigilia de Santander que hoy hablan por si solas…

En fin un libro tan difícil como la vida y tan contagiador como la voluntad y llama rebelde de ese espíritu libertador que nos dio un alma americana.

A Cien Años de Soledad llegue con 20 años de multitud, después de haber recorrido en camión, parte de los 1600 kilómetros de orilla Atlántica colombiana, de ese caribe que se hizo telúrico con MACONDO, que alberga tantas anécdotas del autor de esta novela; de ese Gabo vendedor de enciclopedias en la Guajira; de la parranda vallenata con Rafael Escalona, de la fiesta literaria y amigos novelescos en la Cueva de Barranquilla; de las primeras crónicas periodísticas en el Universal de Cartagena, bajo las correcciones del lápiz rojo “para torcerle el cuello al cisne” como decía su maestro políglota Clemente Zabala; de sus tertulias de poesía clásica y griega junto a Ibarra Merlano, Héctor Rojas Herazo por las orillas del Cabrero y Marbella; de su folclórico seudónimo de Jirafa en el Heraldo de Barranquilla, donde le saco el cuello a la buena literatura de Faulkner, Steinbeck, Virginia Woolf ,Hemingway, en complicidad con el loco Álvaro Cepeda Samudio; de la lucha cotidiana por esquivar el hambre con sus primeros manuscritos de escritor en prueba en Bogotá, Cartagena, Barranquilla, México, Barcelona, París; de sortear entre los lupanares exóticos , los melancólicos boleros, la hora del sueño con la Hojarasca; de mantener una amistad de mamadera de gallo con el monárquico Álvaro Mutis, el amigo que tiene el privilegio de leer sus originales; de exiliarse dolorosamente por dirigir y escribir la revista Alternativa, esa publicación que fue tan incomoda para la dirigencia de una país que carece de toda imaginación posible, pero que reprime con una solvencia sin igual... pero ante todo… de traficar con otros mundos una imaginación irresponsable y de escuchar a sus abuelos; a ese Nicolás que estuvo en la guerra de los mil días , que lo llevo a conocer el hielo, que le regalo la inquietud por el diccionario, que tenia un baúl con retazos de las Mil y Una Noche y a esa abuela Tranquilina Iguaran , que lo baño de cuentos, de historias tan desmesuradas que son toda una ironía a su propio nombre . Fueron 8 años de vida con esos abuelos que se resumen en las palabras del propio García Márquez: “Después, todo me resulto bastante plano, crecer, estudiar, viajar… desde entonces no me ha pasado nada interesante”

Y es que Cien años de Soledad es una congestión de testigos cotidianos vivos y muertos, como ese Prudencio Aguilar que se aburrió de tanta soledad en el mas allá, que ignoro el soborno del cielo y se vino al mas acá para hablar con José Arcadio. Es que esta novela es un sentimiento agujereado que se derrama en los meandros de la familiaridad latinoamericana, es una Biblia Vallenato, con su Génesis, su Éxodo, su Diluvio y su Apocalipsis de esa genealogía de Arcadios y Aurelianos que fundaron Macondo, que se arruino con las guerras de la independencia, que participo en 32 guerras civiles y todas las perdió, que sublevo a los trabajadores de la bananera y termino en una masacre, que conquisto el poder sin proponérselo y no supo que hacer con él y que se extinguió en la nostalgia de su grandeza, donde su último descendiente se pego un tiro atormentado de soledad.
Una novela que leo cada año, por el caprichoso placer de volver a sentir la geográfica voluptuosidad de Pilar Ternera; la atracción trágica y desnuda de Remedios la bella; el sentimiento maternal que domestica el azar y lo casual de Úrsula Iguarán; la pasión por la ciencia y su irremediable guerra, que componen el armamento del Coronel Aureliano Buendía; las 8 vueltas al mundo y ensimismada virilidad de José Arcadio; al italiano Bruno Crespi que llevo el cine a Macondo y a Rebeca; a “ Meme”; a Petra; a Fernanda; a las Amarantas, una que muere virgen y la otra que tiene un hijo con cola de cerdo; y a esa Nigromanta, la negra de caderas de yegua y tetas de melones vivos, la amante del García Márquez literario; a todas esa mujeres que embriagan de vida, de risa, de ternura, de ironía; los pasos y páginas de una realidad que siempre supera la ficción… “y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.."

De Gabo, los lectores no quedamos impunes: dejamos en sus libros retazos de lo que somos y nos llevamos mariposas amarillas, deseamos su Cándida Eréndira y sufrimos con Ojos de perro azul la voraz infidelidad bajo los almendros, asistimos a los funerales de su Mamá Grande y terminamos tomando chocolate para levitar sobre nuestros propia vida, y si queremos ser cronistas de su muerte anunciada, quedamos junto a Santiago Nasar salpicados de cagada de pájaros y como si el realismo mágico fuera una prueba más de Melquíades y su alquimia, cuando naufragamos en el océano de sus novelas nos transformamos en:
El ahogado más hermoso del Mundo, su cuento que más celebro.

Playa Samara. Océano Pacífico
Costa Rica. Mayo 2007

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